ESTRELLITA

El Adoquín Times/Foto suministrada por Myraida Chaves

Pues qué se yó, creo que estaba en cuarto grado, recién instalado en mi pueblo de crianza, por allá por la costa sur.

Es que no me ubico porque, en aquellos años, tenían aquel odioso sistema de “interlocking”: un semestre todas las clases por la mañana –a las 7:30 de la madrugada– y, en el siguiente, a partir de las 12:30 de la tarde. Ese era el turno matador: entre el sueño que te entra después del almuerzo y luego de la jartera de dulces a la hora del recreo, era que agonizabas en aquellos salones apestosos a polvo viejo hasta que dieran las 5:30 p. m. pa’ salir corriendo –bueno, como se podía, de acuerdo con las libritas. Ya habrían pasado Los Picapiedra y, a las cinco, ya iba media hora de las series que presentaba doña Estrella Galaxia, con intervenciones en directo desde su nave espacial que recreaba, oh wow!, el magnífico interior del Gemini 12, la nave espacial de Perdidos en el espacio.

Tonto de mí al pensar que ocurriría un milagro para que saliéramos antes de las cinco. No había forma de que llegara, con aquel odioso maletín verde que tiraba contra la acera y le daba de patadas, hasta subir la cuesta pa llegar a casa. Y así, apestoso a chavo prieto guardao, soñaba con que nada me impidiera plantarme a ver televisión. Nah-ah: había que quitarse el uniforme, ponerlo en un gancho y bañarse. Es que nunca jamás, nunca.

Muy pocas veces pero sí ocurrió, porque me viene, entre neblinas, a la mente. Estrellita, la hija de esta señora intergaláctica setentosa, aparecía en el programa durante la semana. La hija de Doña Estrella tenía su propio programa los domingos por la mañana pero, a esa hora –y en plena faena hacia la primera comunión– ni soñar que pudiera acercarme al único aparato de TV que había en la casa, fuertemente custodiado por el señor que pagaba la luz y el agua –o sea, Papi. No obstante, recuerdo haberla visto en cámara, haciendo actividades para los niños o hablando de alguna cosa que a lo mejor no entendía. Pero me gustaba mirarla –aunque la tele era blanco y negro, evidentemente era rubita y linda linda, con los ojitos vivos, inquietos, como si el mundo le diera piquiña y quisiera rascarse.

(¿O sería aquella ropa de poliéster que le endilgaban como uniforme?)

DRAE.es

Pasaron más de treinta años, libras y calvas antes de que mis ojos pudieran mirarla por fin de frente y en persona. Ya no era tan nena, pero sí era tan linda como me la había imaginado.

Esperábamos en el estudio C del canal 6 a que nos entregaran para comenzar a grabar Gente Grande con Lily, al mando de una de mis mejores jefas, La Vissepó.

Contigo iba al aire en directo de una a dos de la tarde y, si mal no recuerdo, siempre cerraba con un número musical. No sé si fue en uno de los breaks o ya estábamos por allí, desparramaos entre las tarimas de Asi Canta Puerto Rico –o cualquier cosa que sirviera para sentarse. Entonces ella se acercó y empezó el jelengue. Siempre era lo mismo: dondequiera que se paraba, algo decía y empezaba una cháchara en menos de lo que un mono se rasca.

El tema era la televisión en los (malditos) años ochenta –el “maldito” es cariñoso porque, si hubieran existido los celulares, estaría viviendo en Burundi. No sé quién preguntó por qué programa, o quién salía en qué cosa, o en qué año qué, no me preguntes. Solo sé que aquella voz se levantó por encima de las demás y lo dijo sin desparpajos: “Lo han borrao to do” –refiriéndose al reciclaje de cintas de vídeos de archivo en los canales comerciales, en las que se regrababan programas más recientes, una práctica que ocurre mucho más de lo que debería (pero ese es otro tema).

“Aquí hay que hacer algo porque nos van a dejar sin historia. ¿Y qué van a saber esos muchachos que estudian comunicación si no tienen ni una referencia de lo que se hacía antes de nosotros, ¡porque mira que aquí se hizo mucha cosa!”… Y entonces metí la cuchara: hablamos de las novelas, de los programas de Menudo, de Juventud 83… No estoy seguro, pero hacía mucho tiempo había escuchado rumores de que, en los archivos de la televisión local, se habían reciclado los rollos de cinta en los que se conservaba la grabación del Festival OTI en el que Nydia Caro cantó por cantar se había ido en la redada (inconcebible), así como el triunfo del Génesis cantado por Lucecita (imperdonable) y el momento glorioso de Marisol (pecado mortal, excomunión y castigo eterno en las pailas del infierno).

Ya el programa se había ido del aire y empezó el jaleo de cables, la ubicación de las luces y el acomodo de los flats que servían de escenografía. Maikita estaba repartiendo tarjetas y yo estaría pendiente de cualquier asunto para empezar a tiempo: dos programas en tres horas –se dice fácil pero na’ que ver. Me desprendí de la conversación pero tuve que volver, aunque de lejos, cuando alguien comentó algo sobre no sé que cosa. Entonces, cuando me volteé para donde la cháchara, de las entrañas de aquella mujer chiquita y flaquita nació una carcajada de esas que rompen grupo. Sí, porque es que si dices algo después de ese chiste, es que lo jodes.

Ojalá hubiera estado más cerca. Ojalá hubiera sabido de qué iba el chiste. Ojalá la hubiera hecho reír alguna vez. Sin desprenderme de mis responsabilidades de producción, escuché como su voz deliciosa y musical se apagaba, mientras se escurría entre los técnicos hasta salir del estudio.

Ocho años trabajamos en el mismo sitio. Y nunca nos volvimos a encontrar.

Años después, la seguí en Instagram, le daba likes en Facebook y, en par de ocasiones, reaccionó a alguno de mis comentarios con un emoji o una palabra jocosa. Siempre, siempre, sonreía al verla de buenas con la vida, rodeada de sus querencias mientras su trayectoria terrenal comenzaba a diluirse. Creo que nunca llegó a saber cuántas vidas tocó con su historia poderosa. Recuerdo, específicamente, una entrevista que le hizo Yizette Cifredo hace cinco años que me dejó boquiabierto. Su entusiasmo y su efervescencia, su actitud ante la vida y sus retos –incluyendo la enfermedad– la levantaron de muchas crisis para resurgir, crear, evolucionar y, por supuesto, trascender.

Estaba en casa antes de las cinco de la tarde cuando el plin del aviso sonó en mi celular. Ya era noticia que, a eso de las cuatro y media, La Nave Madre vino a recogerla. Aterrizó con mayor velocidad de lo que se pensaba y ella abordó el vuelo eterno sin pensárselo dos veces. Pero esta nave no era como aquella que salía por la pantalla de WAPA cuando yo tenía siete años, ah-ah. Na-da que ver: esta era la de verdad, a to’ suiche, rodeada de cometas, asteroides, supernovas y meteoros, encendidos en plan celebratorio. Entonces dijeron que su mamá, La Gran Estrella, abrió la puerta del vehículo intergaláctico y le extendió los brazos, sonriéndole con alegría inimaginable.

Mira, yo te apuesto pesos a morisquetas a que ella, al ver a su guapa progenitora con el casco plateado y el uniforme poliesteroso de los infames setenta, no pudo contenerse. Y, frente al desconcierto, uno a uno se le descosieron todos los botones de una absoluta carcajada que hoy resuena entre los recuerdos de sus amados, en los momentos más queridos y aun en las sendas de la incertidumbre ante lo que no entendemos.

No me tocó conocerla de cerca en esta vida, así que será en la próxima vuelta–ojalá. Mientras tanto, me consuela saber que ahora mismo está, a pata suelta y muerta de la risa, mirando el espectáculo celestial desde su propia estrellita.

###

Published by Jorge Pérez-Renta

Escritor, guionista, creativo, comunicador. Hijo, hermano, amigo. Profesor, estudiante. Humano.

3 thoughts on “ESTRELLITA

Leave a Reply to yvissepo@gmail.com Cancel reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: