PASTA

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A las seis y cuarenta de la tarde, más o menos, un sonido fastidioso empieza a escucharse, en escalada, dentro del supermercado.

El aviso automatizado se manifiesta en los celulares de todos los ciudadanos que, huyendo del calor y las multitudes, entramos al supermercado en el último viaje, desafiando la posibilidad real de que el toque de queda me sorprenda acomodando bolsas, cajas, botellas y, ¡oh, gran tesoro!, un frasco de cuarenta onzas de Lysol.

En el terminal, mi futura cajera se transparenta antipática a través de la mascarilla y el escudo facial. Apoderada del hastío de tantas horas de pie en el saluda (como si le gustara), organiza (juntando carne con detergente), cobra (recita el número de la pantalla) y empaca (en eso, la veo muy bien aspectada), La Cajera Antipática imposta un fortissimo solo de boca:

VIENE VIENE LA CHICHARRAAAAAA. VÁMONO QUES TALDEEEE…

DRAE.ES

Oculto tras la trinchera nasobucal que me protege de todo mal y peligro, la observo mientras comparte la experiencia de cobrarle al matrimonio Pastoso –llamémosles, por tradición bíblica, José y María. Uniformados con camisa negra y jeans despintados, llevan sendas mascarillas en sus rostros en los que adivino la poca urgencia que les acompaña. La correa del terminal se desborda con una compra exhorbitante que, presumo, se repartirá en una comarca de al menos doscientas personas.

José Pastoso abre una bolsa y echa tres cositas. Titubea. La abre de nuevo y echa dos cositas más. La cierra. La saca de nuevo y la revisa. Vuelve y la coloca en el carrito número uno –nótese que llevan dos carros repletos de todo lo imaginable. Por su parte, María Pastosa toca todo con su guantes negros: lo acaricia, lo reacomoda, lo quita, lo observa, lo desprecia y lo devuelve. Revisa su celular, abre su carterón Michael Kors, saca su monedero Gucci y extrae una tarjeta –parecería decidida, pero no. De entre los cien mil artículos que aún luchan por lograr el pase a la final en las manos de la cajera, extrae, con actitud ceremoniosa, una caja de rotini.

La contempla. La mira. Lee la etiqueta con detenimiento –pienso que quiere memorizar sus ingredientes. La voltea. La examina. Y, en un inesperado impulso, se aleja del terminal, caja en mano, con la velocidad de una tortuga coja. Mientras ella se aleja, convertida en la representante de Puerto Rico en el certamen Miss Parsimonia, José empaca y desempaca. La Cajera Antipática sigue en lo suyo, afanada, ocultando su boca fruncida.

Plap.

La primera burbujita anuncia el inevitable hervor de mi sangre ante el desespero absurdo de esta imbécil que se regodea como si estuviera en su casa. Admito que, desde que empezó esta vaina del relajamiento en las medidas de distanciamiento social–anunciadas por Esa Señora Que Dicen Que Nos Gobierna– ando con la guardia arriba. Y no es para menos: a mi alrededor observo a dos empleadas del supermercado que se han librado del yugo mascarilloso para chismorrear. Más cerquita, dos muchachos se hablan pegaditos –el uno con la nariz al descubierto, el otro con la mascarilla fruncida sobre el tabique y la boca expuesta– mientras se vacilan la vida en un cuento interminable. Detrás de mí, a menos de tres pies, un señor narra los pormenores del cumpleaños de Elisa allá en casa de Tito y Beba, ajá, sí, y van a traer los nenes–

Entonces, María regresa.

Flota por los aires como la diva que se halla deseable y deliciosa, llevando entre sus enguantadas manos una caja de pasta –por mi madre que es la mismita que se llevó a pasear en plan pasarela. Se escurre delante mío, a tres pulgadas de distancia. Invoco mi súperpoder y me cubro con el mantra más súperpoderoso que mi miente puede invocar en tales circunstancias: cabronapuñetaéchatepallácoñooooooo… Ella, por supuesto, no lo escucha. Otra burbujita de mi sangre hace un plap que se diluye en el suspiro furioso que delatan mis orejas humeantes. Miss María Pastosa se ubica junto a la correa del terminal y, justo cuando va a colocar la caja de rotini sobre la correa, Cajera Antipática violenta todos los códigos de distanciamiento social y, de puro encabronamiento, se la arranca de la mano para terminar la transacción.

Fuck. You. Bitch.

Siete menos cuarto. El guardia de seguridad me hace una seña firme.

-Caballero, múevase hasta el frente de la correa. No ponga nada hasta que yo le diga.

Ya me libro de esta imbécil y su marido que empacan y desempacan, viviendo en un ahora desesperante. María Pastosa paga –cómo dudarlo; ella es quien controla el asunto– y José se alista. Ella mete su monedero Gucci en su carterón Michael Kors y se van, con su sannnnnta passsstaaaa, para ese lugar maraviloso donde viven. Quizás ese exclusivo sector debería llamarse Mansiones de las Soberanas Ventas del Carajo.

-Buenas noches, caballero.

La voz de Cajera Antipática me sorprende: contrario al fuerte sonido de antes, ahora muestra un timbre dulce, amable. Respondo con una suavidad que desconozco–treinta segundos antes la rabia me carcomía los intestinos. Cajera Antipática me mira por dos segundos. PlapPlapPlapPlap–en medio del barullo y la prisa, escucho claramente el hervor de su sangre y lo reconozco. Son las seis y cuarenta y siete, y todavía el tipo de la fiesta está pegao del celular como si fuera su máquina de oxígeno. Y ella tiene mucha hambre, poco salario, dolor en la rodilla, demasiada exposición e incontables horas de majadería pasándole delante, ignorándola. O, peor aún, aplastándola. Con la rodilla en la garganta que ya se siente estrangulada ante la estrechez, la mala leche, la poca estima o, peor aún, la indiferencia.

Con la compra ya empacada –en plan sincronizado entre (Ni Tan) Antipática y Yours Truly– y debidamente desinfectado, me encierro en la seguridad falsa del automóvil y respiro profundo, libre de la trinchera enmascarada. Entonces, retumba en mi conciencia esa voz que siempre me brota de algún punto del abdomen.

Las furias pequeñas, causadas por la indiferencia de algunos, nos distraen de la gran indignación que nos iguala, en el piso, con la injusticia de la muerte de un hombre negro que, para colmo, es mi tocayo–

Se me salen cuatro lágrimas plapplapplapplap.

Tan pendejo yo, perdiendo mi energía en una tonta comemierda, su marido dominao, su compra inmensa y su parsimonia enferma. Mientras tanto, el mundo sigue indignado por quienes alardean de su blanco privilegio para tuitear su incongruencia, hacer lo que les venga en gana, incluso ponernos la rodilla en el cerebro y asfixiarnos la conciencia…

De corazón, doña María, espero que hoy la pasta le quede riquísima.

Y que, por favor, alguna vez se entere. Si es que le da la gana.

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Published by jperezrenta

Escritor, guionista, creativo, comunicador. Hijo, hermano, amigo. Profesor, estudiante. Humano.

3 thoughts on “PASTA

  1. Morí con “Mansiones de las Soberanas Ventas del Carajo” Conozco a dos o tres que viven allí.

  2. Me ha encantado. Yo como tú, soy de esas víctimas del supermercado. Pierdo la paciencia; bueno, a decir verdad, me la HACEN perder. Pero el supermercado es siempre una plaza donde sucede de todo.
    Como tú, a veces bajo de mi encoj**** mental para entender que esos momentos son NADA con lo que estamos viviendo socialmente, pero es que las esferas son muchas y la convivencia planetaria, tá difícil.

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