#Maestro

Maestro de San Lorenzo:

Mire, mi hermano, cuando vi y escuché lo que usté dijo en ese salón, solo pensé en dos cosas: cuántos años tienes y cuántos llevas en ese jelengue.

Lo primero es por identificación propia: un hombre menor de 55 años está más propenso a sufrir un infarto masivo o un derrame cerebral con una subida inesperada de presión arterial causada por un disgusto. Con esta dieta de SubwayBurger King que la mayoría de los pelaos hemos tenido en algún momento de nuestras vidas –aparte de las dosis de manteca y bebelata que nos metemos cuando el cuerpo te la pide– las probabilidades de que tengas el colesterol, los triglicéridos altos y la presión medio jodía son bien altas. Y eso no era.

Lo segundo es por simple curiosidad laboral: alguien que lleva muchos años frente a un escritorio, que tiene mujer e hijos a los que hay que darles una vida más o menos decente empatando sueldo y rompiendo noches…  No está fácil, bróder. Si tu vida de maestro comenzó como la mía, cogiendo carro público desde el carajo pa’ llegar a la Iupi con veinte pesos semanales, trabajar en cualquier cosa pa empatar la pelea y tener chavos pa joder con los panitas o ir al cine con la jevita y los panitas…  Mano, es duro. Bien duro.

Lo sé. Lo he vivido. No de la misma forma que tú, pero sí sé por dónde van los tiros, sobre todo bregando con estas generaciones actuales a las que uno no sabe cómo entrarles. Es difícil pelear con esa sobreestimulación audiovisual que tienen esos muchachos que están mamando radiación de celular desde la barriga y ya por eso se creen que son Einstein o Spielberg o, peor aún, Wisín o La Burbu. Encima de eso, hay que bregar con la desinformación, con el desinterés, el descojonamiento nacional, la deuda…  la fóquin deuda. La incertidumbre que nos arropa a todos, incluyéndonos, porque la educación es una de las cosas que se va por el chorro si este país se sigue despoblando y no tenemos a quién enseñarle por qué es importante estudiar…

Si eso pasa, macho, nadie agarrará un libro ni a jodías. Y a ver qué comemos.

Hermano, te entiendo. No sabes cuánto. Cómo olvidar la desfachatez con la que llegan, se sientan, se rascan las bolas, se duermen, se ponen a arreglarse la pollina mirándose en la camarita, y pichean mientras tú estás ahí, dejando las amígdalas, haciéndoles que se coman una página, una triste página de uno de los cuentos más maravillosos que Quiroga ha escrito sobre la muerte… ¿y ni siquiera pudieron producir una oración coherente? Porque no sabían. Porque no entendieron. Porque, según ellos, tú no les explicaste –o sea, no les hiciste la oración para que ellos la fotografiaran en su celular y, así mismo, la copiaran.

Eso sí, siempre te miran con cara de peo–porque les importa una casqueta lo que hablas (no todos, pero una buena mayoría). Con sueño –porque se te duermen en la cara (algunos con razón, otros porque son unos cabrones y se amanecen viendo mierdas en la computadora). Con hormigas en el culo–porque tienen algún síndrome que no entiendo del todo (porque, a diferencia tuya, no me formé en pedagogía y he tenido que aprender de esos temas a la mala). Con actitud–ah, porque eso les sobra cuando vienen a reclamar, planteando así, con cara desafiante, “qué podemos hacer” cuando la nota no les gusta. Y traen a La Madre. A la Universidad. Para hablar con el Director Asociado. Para preguntar por qué le dieron esa nota a Mi Hija… ¿En serio? ¿EN LA UNIVERSIDAD? Mira carajo.

Eso que dijiste lo habría dicho yo una, cien, mil millones de veces, coño. Es lo que me repito cada noche cuando, a las dos de la mañana, bizco del sueño, todavía estoy entre corregir y escribir algo coherente para añadirlo al documento de tesis y completar otro grado con el que pueda tener un sueldo mejor… Entonces, hay que levantarse temprano, terminar informes, ir a reuniones, dar cara en actividades, pertenecer a comités, escuchar lo que todos tienen que decir y un laaargo etcétera que no voy a repetirte porque tienes suficiente con lo tuyo.

Si gracias al universo no te dio un infarto o un derrame después de ese mal rato y todavía tienes ganas de ser maestro, dale. Estás jarto, cansao, encojonao, arrepentío, avergonzao… pero habemos muchos que pensamos que tú representas al valiente que intenta, por lo menos, llevarles algo de aprendizaje a unos jóvenes dejaos, no por ellos, sino porque así los criaron, como superhéroes y princesas. De verdad no sé cómo coño vivirán como adultos cuando les toque.

Por suerte, maestro, nosotros no estaremos ahí para verlo. Por favor cuídate, ¿ah?

1 Comment

  1. Love it,darling!! Y yo si me identifique. Y lo hubiese dicho un millón de veces. Como cuando te dicen, es que no traje estetoscopio. Mire puñeta!!

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s