#ConLaFuerzaDeUnCiclón

(Foto: Ramón Tonito Zayas/GFR Media)

Mientras nosotros, los pobres mortales, miramos con terror y asombro los estragos del inmisericorde ataque del #HuracánMatthew sobre el Caribe Occidental y el sureste de los Estados Unidos, hay otro llanto que se derrama desde unos ojos perfectamente delineados, recubiertos con pestañas postizas de la más alta calidad.

La archifamosa Kim Kardashian ha muerto. O se ha suicidado. Mediáticamente, al menos. Eso parece. Por ahora.

Tengo que confesar que, cuando escribí la entrada anterior, uno de los párrafos que edité apuntaba, precisamente, al batallón de cámaras y productores que estarían siguiendo las nalgas plásticas de la señora West para capturar los incidentes posteriores al famoso asalto, a punta de pistola, en el hotel de París donde se hospedaba para asistir a los desfiles de moda de la temporada. Al final removí el párrafo: aunque me importa torta lo que haga esa gente, el acto de denunciar me parecía  cruel, particularmente por la ola de comentarios que los propios famosos emitieron a partir de las mofas que, a tuitazo y memazo limpio, resoplaron sobre ella con más furia que el terrible huracán.

Ocupé el lugar de su humanidad vulnerada por el insidioso ataque de desconocidos que, según el cuento original, irrumpieron en su espacio privado para llevarse, de su joyero personal, la friolera de $10 millones en prendas. Coño, que a cualquiera se le derriten las neuronas de solo pensar en la posibilidad de un asalto a mano armada. La información oficial es que la producción de la duodécima temporada de su programa está suspendida hasta nuevo aviso.

Poco antes de que se publicara oficialmente esta nota, empezaron los rumores. Que la damisela demostró que tiene un registro casi tan alto como Callas, La Divina. Que, bajo la presión de un acto que –según se dice– ha provocado la ira de la policía francesa por lo atrevido, la Pobre Niña Rica le echó los perros a su ilustre marido, a quien supuestamente se acusa de querer cobrar un seguro por las joyas robadas. Que comenzó su lloriqueo, aterrada por su acción, aparentemente concebida solo por “ganar puntos de rating para el reality“. Que, luego de su confesión, se sintió absolutamente mejor…

Ay Chomsky: ¿ni siquiera podemos confiar en ti?

En estos tiempos de gratificación mediática inmediata, es nefasto lo que se produce cuando la gente husmea, descubre, admite y repite sin investigar cuanta cosa lee allí. Féisbu es “una plaza pública”, donde el juglar cibernético cuenta historias para ganar “likes” y “reposts” en vez de monedas y el “curandero web” ofrece diversas soluciones a prácticamente todos los problemas humanos: los buenos, los malos y los imposibles…

Quiero creer en mi viejito Chomsky para olvidarme de tanta estupidez. Por ejemplo, lo que se dice del #DebatePresidencial es mucho peor que las preocupaciones insulsas de esas Famosas Por Nada –by far.

Nada: que mejor debo pensar más en Haití. Y en Clarisa. Esa sí que tiene fuerza, carajo.

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Clarisa López Ramos, hija de Oscar López Rivera. (Foto: Archivo END/Jorge 

 

 

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