#AyPenaPenitaPena

Pues resulta que a la archifamosa Kim Kardashian West la asaltaron, a punta de pistola, en su hotel parisino. De su joyero personal, los pillos le levantaron –entre par de gangarrias– unos $10.1 millones.

Las notas de prensa han repetido hasta las náuseas que Kardashian se encontraba “sin daños físicos pero muy sacudida emocionalmente”. Por supuesto, a cualquiera le daría un soponcio si unos cabronzuelos se le metieran en la casa y, a punta ‘e pistola, lo encerraran en el baño y le llevaran sus pertenencias. Hasta las uñas me temblarían.

Sin embargo, desde que supe del incidente, he debatido en mi cabeza una simple idea: ¿me debería importar ese asunto?

Con el corazón en la mano, admito que estas…  personas, asquerosamente exaltadas al reino de la fama por el morbo fanático de sus legiones de seguidores, me dan grima. Siempre que veo a esa tribu de mujeres extrañas, lideradas por La Madre Sin Facciones, todas con caras y cuerpos demasiado barrocos, constrastando absurdamente con sus parejos/maridos que siempre tienen cara de apestaos/aburridos, me hago la misma pregunta: ¿QUIÉN CARAJO LOS PUSO AHÍ PARA QUE LOS MIREMOS?

La respuesta es obvia: nosotros mismos.

Díganme si no es cierto que nos deleitamos mirando sus hazañas (pocas), sus fechorías (algunas) y sus desmadres (suficientes). Díganme si no les seguimos el paso (por aquello de enterarnos cómo manejan sus estrategias de interacción mediática) y después resoplamos con hipocresía como quien toca algo pegajoso… Díganme si no confabulamos para el troleo, copiando memes que repartimos en el juasapeo y el mensajeo. Díganme si no hemos observado, con curiosidad morbosa, el mal rato que pasaron los que quisieron emular a una de esas nenas, esa que se aumentó los labios como si hubiera ido por una botellita de San Pellegrino a la nevera…

Obvio es no me alegro: a nadie debe provocarle risa que alguien violente tu espacio privado y, a cuenta de apropiarse de lo ajeno, te prive temporalmente de la libertad. De hecho, las reacciones de otras celebridades ante el incidente plantean el riesgo que supone la exposición pública ante fanáticos y seguidores. No más recordemos a John Lennon. O a Selena. Me ocupa también la salvaje indiferencia de los troleros que no perdieron tiempo en joder a la riquitilla con sus mofas y sus memes –el cibermundo puede ser muy asqueroso.

Decir que lamento el incidente pues no lo siento mucho aunque, reitero, no es bonito ni deseable para nadie. No obstante, me pongo en el lugar de ella, no solo por identificarme con su situación, sino por tratar de entender, como mejor pueda, su complicado mundo. Por ejemplo, me pregunto si, en medio de su conmoción emocional, La Kardashian tendrá espacio para pensar en la angustia que, por ejemplo, esta misma noche enfrentarán  quienes reciban la descarga inmisericorde del huracán Matthew sobre sus ya pobres existencias.

Honestamente, no creo que, con todo y el mal rato, a la pobrecita Kim le dé con cantar la tonadilla de Lola Flores secándose una lágrima.

 

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