#Agosto

Ay no. No me interesa ponerme en el plan feisbuquiano de “darle la bienvenida” al mes. Charro total. Eww.

Pienso en agosto y no sé por qué siempre me huele a guayaba y a libretas nuevas. Esa faena del forro, escogido con cuidado, trabajado con esmero –primero por Mama, luego por nosotros, cuando ya fuimos grandes. Después que ya todas habían sido investidas con el color del año –generalmente verdes, marrón o azules– las tocaba, las olía, las repasaba. Sus páginas en blanco anticipaban esos primeros días en los que llegaba a la escuela, ansioso por adelantar un año más.

Porque estaba loco por ser grande y hacer algo más con mi vida, como ser doctor. O artista.

Pienso en este mes y entra una rara nostalgia. Recuerdo la destreza de Papa sacándole punta a los lápices Mirado número dos que guardaba con celo dentro de la cartuchera –no se me fueran a arruinar esas puntas increíblemente afiladas por algún desatino. Allí también estaban la goma (bueno, “la borra” que no borraba un carajo, porque en ese entonces no existían esas maravillosas gomas Lion que tanto adoro), la regla, el sacapuntas y alguna que otra chuchería útil para esos primeros días en los que el susto y la alegría se me juntaban en el estómago que anticipaba los Icees y los chicles bomba.

Porque estaba loco por anotar datos, hacer asignaciones y, de paso, escribir en cursivas.

Pienso en estos días y me vienen a la mente las loncheras –con aquellos termos que apenas duraban una o dos semanas–, la fila en el comedor, la comida (que, en aquel entonces, ERA COMIDA) y el vaso de leche fría con chocolate… puro manjar de los dioses. Sabía que era USDA Powdered Milk cien por ciento de embuste, pero me importaba un coño.

Porque estaba loco por comer otra comida, exótica, que me llevara a un sitio diferente.

Pienso en agosto y recuerdo todo el despliegue de “regalos” sobre la cama, listos para usarse. Los calzoncillos nuevos. Las camisetas recién sacadas del paquete. Las medias en combinación. Los zapatos deslumbrantes. El uniforme caqui, planchadito. La correa –pecado capital no ponérsela.  Pienso en el ritual de la mañana: el desayuno apurado, la prisa anticipativa y por supuesto el odioso cepillo para reprender aquel pelo rizo, que debía domarse a la cañona. El pañuelo –siempre, siempre me hacían llevar uno, por si acaso. Si podía (o me dejaban). usaba un poco del perfume de Papa para estar olorosito, listo para sentarme en el pupitre, mirar a la pizarra y descubrir qué de nuevo había en el mundo para mí.

Porque estaba deseoso de cantar canciones en los salones y comprar dulces en los recreos.

Agosto siempre me trae estos recuerdos agridulces de esos años que viví demasiado aprisa. Nunca lo he tenido muy claro pero, por la foto, parece que me llevaron a la escuela dos meses antes de que empezara el curso escolar de 1969 para matricularme, como a todo el mundo, en el primer eslabón de la cadena. Como ya leía y escribía, en dos semanas ya me había vacilao el kindergarten. Así fue como me pasaron al primer grado y ahí estuve un semestre. En el segundo, a Sergio y a mí nos pusieron en otro salón, en el de segundo. Eso significó que, en un año, “completé” tres grados…pero nunca dormí siestas en la toallita.

Porque, además de ser un estofón, siempre quise volar en cañones.

En unas horas, regreso a la escuela. A trabajar porque, de tanto querer ser algo más, terminé siendo profesor. La vida me llevó por ese camino y, por supuesto, le encontré ventajas. Agosto es un buen mes para comprar libretas –que ya no forro, porque las de Marshalls son más bonitas. También sirve para comprar cartucheras chic, lápices estrambóticos y bolígrafos chulos –aunque el Parker Vintage que uso para firmar los cientos de papeles que me llegan a diario al escritorio, regalazo divino de mi hermanazo Carlos Manuel, es el mejor de todos. Además, es bueno para ir a la cafetería a comer (arroz y habichuelas, uf, qué exótico). Y, sobre todo, para estrenarme tooooodo el guardarropa que me empiezo a planificar desde mayo –porque no hay alegría más grande que estrenarme la ropa como la primera vez, cuando me pararon frente a la casa, libreta y lonchera en mano, oliendo a nuevo y con muchas ganas de ser algo grande…

Porque algunas veces llevo un pañuelo y jamás olvido perfumarme.

Ay agosto, agosto: dije que no iba a recibirte con bienvenidas charras. Sin embargo, me sabes demasiado rico como para no hacerlo.

 

 

 

 

 

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