#Cantando

A Ivelisse Torres–compañera, querida, risueña: que la luz del Buda siempre te acompañe.
En mi sueño, se suponía que lo pasaríamos divino: mis amigos y yo, jangueando en un bote por la costa. Paseíto playero, cervecitas, mucha risa y buen rato en proyecto –todo muy normal. Hasta que, en plena marcha, perdí el balance y caí al mar. Por supuesto, sin chaleco salvavidas (por alguna razón que, obviamente, no recuerdo).
No hay manera de describir cómo se siente caer al mar picado de un modo tan abrupto, porque el terror sobrepasa los sentidos. Entonces recordé las lecciones de natación –iniciadas apenas hace dos años. Levantar los brazos, mover las piernas para mantenerte a flote, seguir cabeza arriba y, por supuesto, no perder la fóquin calma en las aguas que aún se batían por la fuerza del bote y el viento implacable..
Pensé que, por haber matado a una araña, ya era un héroe. Cojones, que con eso no basta: también hay que sortear dragones, fantasmas, monstruos y toda suerte de hijos de puta –vestidos de luto o de sonrisa, cantando penas o glorias, jóvenes o viejos…  da igual. De modo que, para coronar el asunto con la mayor dificultad, tenía que hacerlo. En el mar. Sin salvavidas.
Por un momento pensé que las aguas llenas de inmundicia, peces muertos y oscuras angustias oscuras, me llevarían al fondo… y hasta aquí llegó el programa de hoy, señoras y señores. “Distancia por brazada”, escuchaba a lo lejos la voz de mi maestra. Y yo, no sé cómo, surcando la oscuridad del agua embravecida, exaltado por todos los miedos juntos, sin fuerza alguna en las patadas, tratando que el brazo saliera desde el muslo para estirarlo, emprendí la ruta para seguir, determinado, hasta la orilla.
Es que ni te lo imaginabas, bróder, me decía mientras me traicionaba la fuerza y tenía que bracear fuerte, apenas aprendiendo. Tomo una clase cada sábado y no alcanzo a practicar todos los días, ¿cómo se supone que salga de esta? Nadie te lo dice. Ni tu mamá, ni tu papá, ni la maestra de natación ni un carajo. Tienes que aprenderlo. Ahí, de cabeza en el agua. Respira, bracea, patea, múevete. No te ahogues, cabrón, que aún no llega tu hora. MUÉ-VE-TÉ.
Cerré los ojos y floté sobre el mar contaminado de pura mierda. Los demás, mirándome desde el bote de donde había caído, aguantaban la respiración. Sé que alguien lo grabó en vídeo –no quiero ni saber quién ni mucho menos verlo. En mi mente, repetía la canción de Madonna cuando casi se desnuca por la famosa capa: “I’m gonna carry on”. Poco a poco, la cancioncita se transformó en un daimoku suave que, con absoluta sincronía, me devolvió a la paz que necesitaba. “Con estilo”, seguía diciéndome la maestra de natación. “Saca la cara, coge aire”, insistía. “Más patadas, Jorge, más patadas”…
Nam Myoho Renge Kyo una, diez, mil, un millón de veces.
No sé. No sé cómo. No sé cómo llegué. No sé.
Mis compañeros de viaje se me acercaron, preocupados. “¿Estás bien?” Asentí, tosiendo un poco, fatigoso por el esfuerzo que me había convertido los hombros en dos pesados bloques y las piernas en dos espaguetis temblorosos. No sé si fue porque tenía los ojos encendidos o porque el aferrarme a la ley mística me había provisto de una confianza suprema a mi entendimiento pero,  con voz firme, respondí: “Estoy bien”. Todos callaron y se alejaron, dejándome espacio para que me compusiera.
Cerré los ojos brevemente y otra vez me vi, en el fondo del agua, a punto de ahogarme pero, por alguna razón, sobreviví. Y me encontré frente a mí mismo, como si todos los siglos jamás me hubieran abandonado. Deshojé mi cuaderno de recuerdos hostiles, oscuros, imprudentes. No sé cómo, llegué hasta la orilla. Viví para contarlo.
Cuando desperté, estaba atontado todavía por la viveza del sueño.
Me tomó un rato recuperar el aliento. El agua de sal –mi sudor profuso– me chorreaba por la cara enrojecida, mezclándose con unas lágrimas que se asomaron, triunfales. Miré alrededor y me compuse: recordé lo que mi terapeuta me había dicho alguna vez: “si no quieres que el sueño se repita, regresa a él y termínalo”. Cerré los ojos y, con algo de dificultad, conseguí la concentración necesaria y regresé a la orilla de aquella playa. En la orilla encontré un tronco lavado por las olas y me apoyé en él para resarcir el cansancio de tantas noches de presentimientos y desquicios, abrumado por tormentas que se desataban en otros lugares de este presente al que escogí venir.
Escuché la voz de mi interior: “Vendrán tiempos difíciles –de eso puedes estar seguro. No obstante, por ahora, determina ser feliz con lo que tienes, contigo mismo, apoyado en ese tronco que, como tú, rebasó el furioso embate de las olas, las palabras, los ecos retumbando en los recovecos de tu mente conectada a lo infinito, que a veces sabe más de lo que puedes comprender”. Escuché voces desgarradas, disparos contundentes, disturbios espantosos. Sentí por un instante eterno la incertidumbre toda de un mundo que no se contiene en sus ganas de lanzarse al infierno de sus propios desatinos. No obstante, comprendí que nada de aquello era mío y me eché a andar, aun con pasos tambaleantes…
Abrí los ojos. En mi cuarto, sentado sobre la cama, escuché algunos pajarillos anunciando la mañana del sábado y las aspas del abanico de techo batiendo el aire que ya empezaba a calentar.
“Estoy vivo”, me dije en un suspiro casi muerto. Con la mano crispada sobre el pecho, sentí los latidos de mi corazón. “Estoy vivo”, repetí, convenciéndome de la absoluta verdad que me mantenía en pie, allí, frente al mar embravecido de una pesadilla, de la que había escapado a fuerza de brazos y voluntad. Porque nadar, no sé mucho todavía. Pero lo hice.
Me levanté como si, de verdad, aquella pesadilla tan vívida hubiera sido cierta. Me detuve un instante: en mi interior, escuché el crujir de una guitarra y la suave caricia de esa voz inconfundible de Mercedes, La Negra, empuñando las palabras de María Elena Walsh como si fueran mi propia letanía:
“Tantas veces me mataron/tantas veces me morí/
sin embargo, estoy aquí resucitando/
gracias doy a la desgracia/y a la mano con puñal/
porque me mató tan mal…”
Y seguí. Cantando701928.

1 Comment

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s