#Patiflaco

La mamá de Mónica me recordó esta columna y tuve que buscarla, precisamente hoy, para recordarme que hay una familia que se hereda y otra que se escoge. La niña del cuento hoy reluce con el cálido esplendor de sus quince años. A ella –y a toda la trulla de dementes que la acompañan– los escogí como mi familia, sin importarme quiénes son ni de dónde vienen, ni mucho menos si compartimos sangre. Nos une el amor, el respeto, el cariño y, cómo no, la absoluta pavera que perdurará entre nosotros por los siglos de los siglos.

(20 de marzo de 2010)

En medio de la cocina, Mónica no sospecha nada, mientras su mamá y yo conspiramos en amigable conversación por señas. La nena salta entre la nevera y el juego de vídeo con el que se entretiene antes del baño obligatorio. Cuando se me acerca para hablar de cualquier cosa, aprovecho para espetarle la pregunta inocentona.

“¿Y quién es el patiflaco?”, le suelto así, como si tal cosa.

De inmediato, la pequeña de nueve años lanza una mirada de puñalitos a su mamá, quien ha osado compartir el “secreto” conmigo sólo por verle la cara. Los cachetes coloreados de rojo intenso por el sol del día de juegos se le encienden como manzanas de feria. Podría adivinar que hay reproche en sus ojos, pero el momento de sentirse traicionada le dura poco: la pregunta inesperada produce en la pequeña una sonrisilla maliciosa. A veinte millas se nota que está loca por contarme su historia.

“Pues es un nene que está en la escuela, y tiene un mullet”, dice ella con su voz gruesa enredada en un suspiro ansioso que disimula su repentina oportunidad para contarme vida y milagros del individuo. De entrada, no lo niego, me asusto con la referencia al “mullet”: ¿no era ése un estilo de peinado bastante charro y absolutamente olvidable de la infame época ochentosa? Pues sí, y Mónica lo sabe, pero de inmediato me aclara, con veinte gestos que compone con sus manitas inquietas, que se trata de un “mullet bonito”. Vaya por Dios, que las modas regresan, y de qué forma.

Pero todavía no hemos llegado a la respuesta concreta: ¿y por qué le dicen “patiflaco”? Aprovecho dos “pretzels” en forma de palitos en la bandeja delante de mí para ilustrar mi preocupación. Mónica exhala desespero: no quiere entrar en nimiedades sobre las enclenques extremidades del chamaco. En eso, la madre interviene para asumir responsabilidad absoluta sobre el apodo de marras, secundada por la nena, ahora convertida en abogada defensora. “Mama dice que él es patiflaco, pero no es tanto”, asegura la muchacha con la absoluta convicción escrita en su cara. De lejos, la madre cómplice me atraviesa con los ojos: no me queda más remedio que bajar la carcajada con un gran buche de cerveza.

Poco a poco, la historia del soberbio patiflaco se desdobla. Por supuesto, Mónica sabe todo sobre su vida: el tipo tiene dos hermanos que cursan grados menores en el mismo colegio, y él está en octavo. “¿En octavo?”, digo yo, sabiendo que la pequeña apenas va por el cuarto grado. De inmediato, ella argumenta con firmeza: los hermanitos no son tan lindos como el mentado. Miro a la madre con disimulo y ella asiente en silencio. Al parecer, el único defecto visible del muchachito son sus extremidades de sorbeto. Por lo demás, es un príncipe azul pintao para la nena que fue capaz de comprarle una caja de pastelillos de guayaba, sólo por verlo más de cerca.

Así iba la trama cuando la niña se fue a cumplir la rutina del baño obligatorio antes de la cena. En eso, la madre aprovechó para despepitar los detalles y completar la redondez del cuento. Ahí supe que, en efecto, el muchachito es de muy buen ver, y que la Mónica le echó el ojo con decisión absoluta. No obstante –y muy bien aleccionada por su mamá—la chica no se derrite de verlo, sino que delante de él actúa con frialdad absoluta, cosa de que el galán no se vaya a engreír con su propia belleza. Curioso, interrogo a la madre: ¿es posible que, a esta edad, a Mónica se le derrame la sonrisa por un muchachito? La madre asiente, resignada: “Ésta será una adolescencia larga y difícil.” Por el padre igual pregunto, imaginando la obvia respuesta: no está muy contento con la precocidad amorosa de su nena linda. Yo, en su lugar, estaría en las mismas.

Todavía hoy, el cuento me provoca sonrisas. No más de recordar los suspiros entusiasmados de Mónica, el rojo encendido de sus cachetes y el brillo intenso de sus ojitos, siento alegría profunda al revivir el primer enamoramiento a lo adivino, ése que se guarda en el cajón de la memoria con absoluto celo. Entonces pienso que, a veces, no es justo dejar atrás la piel de la inocencia: aún ante los cantazos más insoportables, deberíamos ser capaces de recuperar la ilusión, y mirarlo todo como si fuera la primera vez. Claro, el paso del tiempo es implacable, y los callos crecen sobre el cuero a fuerza de desilusiones, desengaños y desamores. Pero, en el fondo, entiendo que es importante reconocernos en la mirada de algún niño y revivir esos tiernos espacios en los que todo nos parece fascinante. A fin de cuentas, cualquier luz que se encienda en la oscuridad del pecho oprimido nos arrullará el alma con la esperanza de mejores días.

Sin quererlo, la pequeña Mónica me hizo el mejor de los regalos, justo cuando se me entierra un año más en las costillas. Al mirar la vida otra vez con ojos inocentes, puedo recuperar la ilusión que se me esconde algunas veces, y soy agradecido. Es cierto que, frente al espejo, me veo más viejo, calvo y patiflaco; no puedo evitarlo. Pero todavía puedo sonreír hasta que se me enciendan los cachetes.

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