#Araña

It’s important to have the courage to say what needs to be said at the crucial moment.

Daisaku Ikeda

A los siete años, mientras vivíamos en una casa alquilada, tenía dos grandes sueños: ser pintor de brocha gorda y cantar con la familia Partridge. Tarareaba muchas canciones que se me ocurrían mientras mezclaba tierra con agua en una lata de galletas de soda hasta formar una pasta de bache lo suficientemente espesa como para embarrar, con torpeza infantil, las paredes de un espacio de juegos que Papa nos inventó en el fondo del patio, bajo un árbol de lechozas: dos tablones de madera, a modo de banquitos, y una mesa destartalada.

Todo era feliz hasta que, en una tarde nublada, una cabrona araña pelúa decidió materializarse sobre uno de los banquitos.

No recuerdo con precisión los detalles de aquel momento aracnofóbico. La aparata monstruosa me descarriló la vida hacia la senda oscura del miedo, con aullidos dolorosos que arrancaron a Mama de la dulce tranquilidad de la telenovela de la tarde.  Papa tuvo que venir de la oficina para intentar calmarme. No sé si me dieron algún medicamento para calmar la violenta erupción que cubrió todo mi cuerpo como el sarampión alemán tras mi locura momentánea. Solo sé que, a partir de ese momento, adquirí un miedo terrible a quedarme dormido, temiendo que la bestia encontrara la ruta hasta mi camita de una plaza.

Como suele ocurrir en todas las historias de terror tras el primer golpe de lo ominoso, la cotidianidad se reacomoda en las mismas butacas y se presenta a cenar a las horas de costumbre. Después del avistamiento arácnido, seguí yendo a la escuela y Mama venía hasta la cama para arroparme y echarme la bendición. Olvidé el sueño de ser pintor de brocha gorda y entendí que la guagua colorida donde viajaba Shirley Jones con su tropa jamás vendría por mí. Nunca regresé al patio de la casa alquilada.

Una noche de luna lunísima, me atreví a pararme en la verja de la casa, mirando de lejos cómo los muchachos de la calle jugaban a las carreras con sus bicicletas, como si nunca más hubiera escuela. Entre ellos, había uno que siempre me sonreía –adolescente, alto y de buena pinta, amable. Me vio paradito tras la verja de la casa, justo cuando alcé la vista para admirar la luna llena. Entonces desvió su bicicleta hasta mi casa en plan de charla.

“A que nunca has visto la luna por un telescopio”, me dijo con una sonrisilla desafiante.

Desconcertado, sacudí la cabeza: gracias a los alunizajes narrados por El Coronel Valdés que transmitía el canal cuatro, me fascinaba aquel mundo espacial de la misión Apollo tanto o más que los pancakes que nos preparaban en esos días de madrugón televisivo. Por un momento, la idea de mirar de cerca aquella luna alucinante me hizo olvidar todos los miedos. Sin pensarlo dos veces, salté la verja y lo seguí.

En el patio oscuro de su casa, justo cuando observaba por la mira del telescopio aquella luna enorme, la fóquin araña se manifestó de nuevo.

Por supuesto, no era la misma: ahora se transformaba en la mano fría de aquel hijueputa que se escurría por mis calzoncillitos blancos para manosear con desparpajo mis nalgas inocentes.

No recuerdo con exactitud los pormenores de aquel instante aracnofálico. Solo sé que llegué a casa con un susto distinto, atrapado en mi garganta, incapaz de gritar con la locura de la primera vez. Mama vino a arroparme, como todas las noches, pero no pude contarle del profundo dolor que sentía por la irrupción violenta de la enorme bestia que forzó su entrada hasta mis vírgenes adentros.

Como suele suceder ocurrir en todas las historias de dolor tras el nefasto golpe de lo terrible, la cotidianidad se desparrama por los rincones de la vida y se instala en el tablillero donde guardamos los recuerdos. Después del alunizaje forzoso, hice la primera comunión. Crecí; aprendí a fumar. Me gradué de la escuela y de la universidad. Trabajé; me enamoré. Tuve de todo y también lo perdí. Olvidé por completo la cara de aquel demonio que vivía en la oscuridad de mis recuerdos y entendí que si nunca eres pintor o cantante ya no importa, porque así es como es y no hay de otra. Nunca más volví a tocar un telescopio. Tampoco volví a ver una cabrona araña.

Sí, claro.

Una noche, hace como tres años, recién llegaba a la casa a la que nos mudamos cuando ya tenía ocho años, empecé a bajar mis motetes, cansado del viaje desde San Juan, loco por ducharme, comer algo y tirarme en la cama. Justo cuando ya había descargado mi guagua y me disponía a entrar, una bestia peluda me esperaba, en plan de ataque, frente a la puerta de entrada.

Con la maña del león amenazado, observé a la maldita. Acto seguido, miré la puerta: era imposible abrirla sin que la muy puta se escurriera al interior de la casa y se ocultara en un cómodo escondite. Repasé el plano de la terraza junto a la marquesina y detecté el arma de combate: la escoba con la que Mama siempre barre las hojas vecinas, el polvo suelto y las flores secas. Asegurándome que mis motetes estaban a salvo sobre la capota de la guagua, me deslicé con paso lento pero firme hasta alcanzar el palo. Lo agarré con la destreza del guerrero decidido y me acerqué a la cabrona que no movía ni uno de sus asquerosos pelos.

Entonces, cayó sobre ella el primer escobazo. El segundo y el tercero y el décimo y el vigésimo. Partí la escoba en tres pedazos. La maté. La rematé y la espachurré.

La adrenalina se me salía por las orejas. Barrí como pude aquella papilla muerta con los retazos de la escoba y la eché a la basura. Ya no tienes poder sobre mí, cabrona de ocho patas. Ni tú, ni la primera, ni mucho menos la segunda. Entre a la casa, motetes en mano. Cerré la puerta con todas las llaves. Me desnudé camino al cuarto mientras Mama y mi hermano dormían. Me metí de cabeza bajo el chorro frío de la ducha con ganas de gritar a todo pulmón, henchido por la victoria. Solo lloré. Y lloré y lloré.

***

En uno de sus escritos, el presidente de la Soka Gakkai Internacional, Daisaku Ikeda, explica lo siguiente: “Creer que la iluminación implica un estado eternamente libre de obstáculos y de funciones negativas no es propio del budismo. Por el contrario, el inmenso estado de vida de la Budeidad nos brinda la fortaleza y el poder interior para confrontar sin miedo estos ataques, y nos permite extraer la sabiduría y el comportamiento necesarios para triunfar sobre ellos. En nuestra vida, armarnos de fe para batallar los obstáculos sin temerles ni subestimarlos, corresponde a manifestar el estado de Buda” (“Diálogo sobre la religión humanística”, El mundo de los escritos de Nichiren Daishonin, Tokio, Daibyakurenge, marzo 2004).

Así fue que comprendí que se puede convertir el veneno en remedio. Que, como me dijo mi amada Mercedes en un mensaje de texto tras compartirle mi hazaña, “no ha nacido la araña que pueda contigo, loco”. Que, en la forma presente, aún con mis imperfecciones humanas, soy un buda que vive para contar su historia.

Y que maté a la fóquin araña, carajo. ¡¡LA MATÉ!!  🙂

 

 

 

5 Comments

  1. Tu capacidad de redaccion es magnifica. Me vivi cada parte de la historia, como fiel espejo. Que se joda la arana.

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