#Violeta

Se llora a lágrima ardiente
la ausencia del ser querido,
el corazón conmovido
palpita ligeramente
de verse tan de repente
solito en su gran desvelo,
como un barquito velero
que pierde su capitán
en brazos del huracán
¿por qué será, Dios del cielo?

Violeta Parra

Había una vez una niña llamada Violeta. Era menudita, de sonrisa abierta y ojos muy vivos, con la cabeza coronada por hermosos rizos del color de la malva. En el rincón apartado del mundo donde vivía con sus padres y su hermano, todos la conocían por su melodiosa voz que resonaba junto con el trino hermoso de las aves que surcaban el cielo. Todos los días, Violeta salía al patio de su casa y se subía a las ramas de un frondoso árbol de madera noble y ramaje espeso. Mecida por el viento de la campiña, inventaba canciones nacidas de su alma risueña. Jugaba y cantaba: era feliz, muy feliz.

Una mañanita nublada de diciembre, Violeta se disponía a salir hasta el patio para jugar y cantar, como todos los días. No bien había terminado el desayuno, se escuchó un estruendo enorme que rasgó los velos de todas las almas: un inesperado rayo de fuego cayó en medio del patio. La niña subió la escalera en un suspiro y, con los ojos desorbitados, miró a través de la ventana cómo el tronco de su árbol amado se había desgarrado por el impacto del rayo vil. El árbol murió de pie, como mueren los árboles. Violeta lo miraba, incrédula, mientras sus ojos lloraban ríos de orquídeas moradas.

Los hombres fuertes que vinieron a llevarse el árbol desgarrado hablaron con el padre de Violeta. Escondida entre las almohadas de su cuarto, escuchaba palabras que no entendía: “un gusano insidioso”, “lo carcomió por dentro”, “ni siquiera había tormenta”… El dolor se apoderó de su pequeña alma y su gloriosa voz se apagó. Solo se escuchaba el gemido triste de sus sollozos apagados que pintaban de amatista el suelo.

Pasaron los días y las noches. Violeta extrañaba el árbol, su ramaje espeso, su sombra generosa. Apretaba sus ojos vivos, ahora convertidos en sombras púrpuras de tristeza, con la ilusión de que todo volviera a ser como antes, cuando el árbol generoso la acogía tiernamente entre sus fuertes ramas.

Cansada de llorar, una mañana Violeta se levantó de su pequeño lecho. Caminó solita hasta el lugar donde solo quedaba el recuerdo de su árbol frondoso. Juntó sus manos e intentó cantar como antes. Sin embargo, la melodía que brotó de su corazón no era la misma: emitió un hosco rugido, como el de un león herido de muerte. Intentó entonar una de aquellas melodías dulces que alegraban a las aves del cielo, pero solo conseguía rugir como una fierecilla perdida. Apretó sus manos con fuerza y, siguiendo los latidos de su corazón, decidió rugir frente al recuerdo doloroso. Poco a poco, el hosco sonido se transformó hasta convertirse en el rugido de un león embravecido. Sentía miedo de su propia voz, pero continuó repitiendo aquel rugido fuerte, como si entonara un cántico que por siglos se hubiera guardado en lo profundo de su alma triste. Al final, Violeta lloró lágrimas de amatista que humedecieron la tierra sobre la que se desplomó, exhausta.

Un leve ruido la despertó del profundo sueño que la venció. Un avecilla que surcaba el cielo en busca de ramas para construir su nido dejó caer una ramita de la que colgaba una semilla pequeña, morada y brillante como una berenjena. Con curiosidad, Violeta tomó la semilla en sus manos. Hurgó la tierra húmeda con sus deditos y depositó en ella la extraña simiente. Tapó el pequeño hueco que había escarbado y juntó sus manitas sucias para pedir al universo con ferviente deseo: que su voz volviera a cantar bajo el ramaje frondoso de un árbol feliz.

Días y noches pasaron. Violeta se asomaba a la ventana de su cuarto y veía cómo el pequeño brote rompía la tierra con lentitud. Cada día juntaba sus manitas junto al árbol recién nacido y lloraba lágrimas de lavanda dulce mientras rugía como el león. Quedóse quieta unos instantes y escuchó, en lo profundo de su pecho, una voz tan clara como el agua –su propia voz.

“Este árbol que crece es otro, que has regado con tus lágrimas y alimentado con tus rugidos. En su follaje espeso, se pintarán de colores todas tus angustias y cantarás, como antes, como siempre”.

Un día, Violeta se levantó con un susto diferente. Corrió como una loca hasta la ventana y contempló extrañada aquella escena increíble: en el patio de su casa, un árbol enorme extendía sus ramas con innegable majestuosidad. Su ramaje estaba cubierto de hojas pintadas con el color de las orquídeas y las amatistas que brotaron de sus ojos tristes. El corazón le bailó en el pecho emocionado y bajó las escaleras en un suspiro: solo quería subirse a la rama más alta para que su voz pudiera llegar al cielo. Corrió hasta el patio, con el corazón lleno de voz potente, con los ojos encendidos de ilusión. Extendió sus manitas para subirse a él pero no le daban las fuerzas. Violeta sintió que lloraría lágrimas de lavanda.

Entonces, miró alrededor y se dio cuenta que no estaba sola: un ejército de luz, con las manos juntas en señal de agradecimiento, rugía con voz de león mientras regaban con fe inquebrantable la tierra sobre la que el majestuoso árbol se levantaba. Entre todos le construyeron un columpio con una soga fuerte y un tablón hecho con madera noble. Violeta se acercó al juguete con recelo; acarició el tablón con sus manitas, reconociendo la marca indeleble que sobre él se pintaba: eran las vetas del tronco antiguo, el recuerdo de su árbol amado que ahora serviría de apoyo para mecer su cuerpecillo tierno.

Violeta juntó sus manos y agradeció al universo tres veces, acompañada del ejército de luz –hombres y mujeres, niños y niñas– que junto a ella había entonado el fuerte rugido que abonó la tierra. Entonces, se subió al columpio y comenzó a mecerse, poco a poco, ganando impulso con sus piernas, sintiendo la brisa que despeinaba sus rizos de malva. Extendió sus manitas y comió de los cuarenta frutos que el árbol generoso le regalaba para que refrescara su garganta y alimentara su espíritu.

Mientras se mecía con fuerza, sentada sobre el sólido tablón de su columpio, Violeta cantaba y jugaba y reía. Sus ojos relucían como las amatistas, las orquídeas caían de sus manos y el olor de las lavandas perfumaba el viento. Así fue como su voz coloreó las hojas de aquel árbol que plantó con sus propios deditos y regó con sus lágrimas. A partir de ese día inolvidable, la niña recobró aquella voz con la que inventaba canciones. Los pajarillos, felices de escucharla, le hacían coro con entusiasmo.

Violeta volvió a cantar y a jugar como cuando era feliz, muy feliz.

http://www.upworthy.com/meet-the-tree-thats-wowing-folks-all-over-the-country-with-its-unusual-bounty-of-fruit?g=2&c=ufb5

1 Comment

  1. Hermoso!   Vanessa

    From: Jorge Pérez-Renta To: vanessamodestti@yahoo.com Sent: Sunday, January 10, 2016 7:12 PM Subject: [New post] #Violeta #yiv9332280967 a:hover {color:red;}#yiv9332280967 a {text-decoration:none;color:#0088cc;}#yiv9332280967 a.yiv9332280967primaryactionlink:link, #yiv9332280967 a.yiv9332280967primaryactionlink:visited {background-color:#2585B2;color:#fff;}#yiv9332280967 a.yiv9332280967primaryactionlink:hover, #yiv9332280967 a.yiv9332280967primaryactionlink:active {background-color:#11729E;color:#fff;}#yiv9332280967 WordPress.com | jperezrenta posted: “Había una vez una niña llamada Violeta. Era menudita, de sonrisa abierta y ojos muy vivos. En el rincón apartado del mundo donde vivía con sus padres y su hermano, todos la conocían por su melodiosa voz que resonaba junto con el trino hermoso de las aves ” | |

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