#Mere

Yo le vuá decil a usté una cosa: cuando le entren ganas de quejarse polque la vida ha sío mala, váyase porái, tómese una fría, coja un poco e fresco en la playa o siéntese en la plaza a vel la gente pasal–

El hombre hablaba sin prisa ni mesura. Su interlocutora –unos treinta años más joven– lo observaba en absoluto silencio, fijándose en el vasito de café que sostenía en sus manos callosas, el gris pálido de su uniforme raído, el sudor que se secaba con un pañuelo estrujao. Al mismo tiempo, apretaba el enorme sobre manila que contenía radiografías, papeles, resultados, diagnósticos…

Ese es el problema de nosotro los pueltorriqueño: nos pasamos la vida rezongando por tó. Que si no hay trabajo, que si la luj ejtá cara, que si la comía cuesta un ojo… Nojotro éramo sei en casa: mi vieja –que en gloria esté–, mi papá –que en paj dejcanse–, yo y mis trej helmano. No le vuá decil que to era bueno, porque había vece que pasábanos hambre. Pero en casa siempre, siempre hubo cariño–

La mujer asintió levemente, apretando una sonrisa. La estrella fugaz de un tiempo remoto, mucho más feliz, cruzó por el cielo oscuro de sus recuerdos. Miró su reloj: eran las nueve y cuarenta y ocho de una mañana de octubre azulísima, demasiado calurosa.

Si la gente fuera no fuera tan mal unía…  A vece uno está aquí sentao y, como lo ven con este uniforme ‘e guardia, ni los buenoj día le contestan a uno, como si uno fuera caca e perro. Uno también siente y padece, pero le pasan a uno por el frente a la carrera, embollaoj en su mundo, como si se lo merecieran to’. ¿Usté me entiende?

La mujer bajó la cabeza. La alfombrita de entrada a su corazón se levantó un poco, mostrando el saludo negado a muchos guardias de seguridad que lanzaron al viento sus “buenos días” sin recibir respuesta. Ella, engafada, siempre tenía demasiada prisa por llegar adonde fuera: la cita con el médico, la cama estéril de la sonografía, la fría plancha del mamograma…  Recordó aquella vez que fingió una llamada telefónica para evitar las cortesías con el guardia de seguridad que le requirió firmar el libro de registro en la entrada del edificio, uno de esos frigoríficos llenos de oficinas iguales. De pronto, el timbre imprudente delató su jugarreta: el guardia la atravesó con una mirada de reproche que le supo a mierda.

Si yo habré visto gente enfelma pasal por aquí frente… Podríos pol dentro y uno no les pué decir ni siquiera, “No coja lucha; to’ va a estal bien”. Si lo sabré yo, que pasé por ese mal rato…  Veinte añoj. Tragando goldo frente a un doctol que me sampó aquella noticia como si se comiera un canto e pan. Llegué a mi casa, solito con Dioj y la Vijnen Santísima, porque no tenía mujel ni hijos ni nadie a quien tirármele encima. Y todavía sigo aquí–

El hombre bajó la cabeza un instante. La mujer sintió el nudo apretándose en su garganta. El ding del ascensor rompió el hilo rojo de aquella conversación: él la miró, resignado a perder su atención. Ella suspiró profundo, se quitó las gafas y lo miró a los ojos. “Gracias, señor”, dijo con toda la firmeza que su voz entrecortada le permitía. A renglón seguido, añadió: “Que tenga un bonito miércoles”.

Gracias, misi.

La mujer se volteó a mirarlo con rapidez.

No coja lucha. Ya usté verá. Mere–

El mensaje se perdió tras las puertas imprudentes del elevador que cerraron con demasiada prisa. Ella apretó el sobre manila contra su pecho y suspiró profundo. La puerta se abrió mágicamente en el piso siete. Llegó a la oficina siete cero nueve, tocó el timbre y se acercó al mostrador. La recepcionista le recibió con una gran sonrisa. Ella se quitó las gafas, le devolvió el gesto amable y se desprendió del sobre. Buscó un asiento en la sala medio vacía. Miró la pantalla del televisor, encendido en uno de esos programas mañaneros que ella jamás miraría.

Se secó una lagrimilla imprudente y miró el televisor, fingiéndose entretenida. Entonces, buscó y rebuscó en su cartera hasta encontrar un poco de una valentía mustia que cargaba en una bolsa ziploc, por si acaso. La miró unos instantes, mientras el mere del guardia retumbaba en su memoria.

Sin pensarlo mucho, agarró la valentía con las dos manos y le pegó un mordisco.

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