CHANCLAS

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El 3 de enero de 2004 vi a mi papá por última vez.

Postrado en la cama que ya era su lecho mortal, me acerqué a él con reverencia. Frente a la imagen de aquel hombre domado por la enfermedad, convertido en un saquito de huesos, rogaba porque La Muerte no viniera a buscarlo en ese momento porque, de verdad, no estaba como para enfrentar ese mal rato.

Tan pronto percibió mi presencia, sus ojos se clavaron firmemente en los míos. Le pasé la mano por la cabeza, con una extraña mezcla de compasión y temor. Entonces, él movió su mano y yo le ayudé a que encontrara la mía. Se aferró a ella con las pocas fuerzas que le quedaban. Estrechar su mano me trajo el recuerdo de las incontables veces que la levantó contra mí: unas veces sola y, en ocasiones, acompañada de la chancleta, la correa, la escoba y –cómo olvidarlo– con la edición dominical de El Mundo, que enrolló con toda su calma antes de desbaratarla sobre mi espalda a cantazo limpio.

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“Papa, ¿quién soy yo?”, le pregunté.

Con un hilo de voz, me llamó por mi apodo, ése que odiaba tanto porque era su nombre y yo no lo quería–al punto que hasta me rehusaba a ponerlo en documentos oficiales, ni siquiera como inicial. No obstante, que en ese momento tan frágil me llamara de esa manera, fue casi como un regalo, el último –quizás, el único– que recibiría de él de manera espontánea, con un amor que transcendía todas las vivencias que, en mi mente rencorosa, seguían guardadas en un cajón que jamás miraba, por temor a que me dolieran tanto como la primera vez. A renglón seguido, susurró, “mi hijo”, y me apretó la mano.

Entonces, un silencio tan denso como la bruma sahariana se levantó entre nosotros.

No era la primera vez. Muchas veces anduvimos solos, yo de pasajero y él de mala gana, pensando en sabe dios qué cosas. Uno de esos silencios ocurrió cuando apenas tenía yo dieciséis años y ya andaba de “prepa” en la universidad. Él me daba pon hasta la casa de una amiga de aquel tiempo que, a su vez, me llevaba hasta la UPR-Ponce –adonde tuve que ir, en contra de mi voluntad, porque “usté todavía está muy jovencito pa irse solo a San Juan”, sentenció él y yo, con la boca, fruncía mi frustración. En aquellos días, la moda surfer se imponía por fuerza y yo, por supuesto, la seguía porque quería ser cool como los otros, aunque ni nadar sabía. El mullet acicalao –que en el caso de mi pelo dificilito, lucía como una esponja de alambre embarrá de aceite–, las camisas de estampados hawaianos y las chancletas metedeo de cuero duro estampadas con la marca Playero se repetían por todas partes. De todo eso, a Papa le rejodían las chanclas.

“Esas chanclas las usan los patos de Mayagüez” –decía, recordando anécdotas de su fracasado intento por estudiar Veterinaria en el RUM, a principios de los años sesenta. Al parecer, en aquellos tiempos, la plaza mayagüezana era la zona roja en la que los chicos gay se desplazaban, ofreciéndose a los transeúntes, en busca del placer prohibido.

Por supuesto, ya yo era grande: estaba en la universidad, fumaba y ya despertaba, lentamente, hacia la independencia de criterio y la toma de decisiones –algunas más acertadas que otras. Así que, cuando cobré el primer cheque de la beca, me fui a Marine World y me compré las chanclas de marras, en abierto desafío a la autoridad paterna. Planifiqué mi transgresión hasta el último detalle: a las siete menos cuarto de la mañana, aprovecharía el momento en que Papa se ponía la camisa para subirme al Toyota azul y me colocaría la mochila sobre los pies enchanclados. Hasta ensayé la maroma de abrir la puerta, agarrar la mochila de cierta forma que me permitiera bajarme con la menor exposición posible y salirme con la mía.

El silencio denso de costumbre se hizo entre nosotros. Un hilito de sudor me bajaba por la sien y yo, ahí, con cara de palo y el corazón a mil. Ya frente a la casa de la muchacha, le dije “bendición”, abrí la puerta del carro y salí según lo planificado. Respiré hondo y apreté el paso hacia a la casa, por si las moscas. El acto de rebeldía había sido perpetrado sin mayores consecuencias. El resto del día fue estupendamente atroz: las malditas chanclas se convirtieron en mi mayor pesadilla porque, claro, los chicos cool de la universidad tenían carro, y yo no. Así que me tocó andar todo el día con los pies asquerosos, y joderme caminando por la acera caliente en pleno agosto, con aquellos trozos de cuero tostado, flipflop flipflop, hasta la parada de guaguas. Luego, hasta la parada de carros públicos. Y, finalmente, hasta la casa.

De lo que sucedió cuando llegué no recuerdo mucho, pero nunca se me olvida que Papi no perdió la tabla en el momento que, mirando las noticias del canal cuatro, dijo así, como quien no quiere la cosa:

“Te creíste que no me di cuenta de que te fuiste pa la universidad con las chancletitas…”

De nuevo, se espesó el silencio que ahora, frente a su cama del hospital, comenzaba a levantarse. Decidí atravesarlo, con una contundencia que desconocía tener hasta ese momento y le devolví aquella mirada fija que no se apartaba de mí. Su mano seguía fuertemente agarrada de la mía y yo devolví el apretón con firmeza.

“No voy a ser como tú”, le dije.

¿Desafié su autoridad? Puede ser. ¿Reclamé mi poder? Tal vez.

¿Decreté mi destino? Absolutamente.

Dos días después, a las 9:13 de la noche, Papa se quitó el traje de astronauta para emprender su viaje, desnudo de toda humanidad. A eso de las diez de la noche sonó el teléfono y me tocó pasar el mal rato, a solas en mi cuarto, escuchando las celebraciones de la Víspera de Reyes.

No tengo una foto con Papa. Nada existe que documente que me tuvo en brazos, luciéndome orgulloso de lo bonito que siempre fui. No tengo ninguna evidencia de que alguna vez estuviéramos abrazados, sonriendo, en graduaciones o fiestas, como padre e hijo. Nunca pudo verme como ahora, calvo y con espejuelos, hecho ya un hombre–muy distinto a lo que él habría querido para mí–pero cargado de tantos logros que, efectivamente, superaron sus hazañas, porque le cumplí la promesa: me caí cien mil veces pero no me rajé. Mientras escribo estas palabras, entre lagrimones y carcajadas, hago las paces con ese pasado doloroso para enfocarme en lo importante: a pesar de las diferencias, siempre estuvo ahí, plantado detrás del silencio, invisible para mí –porque me negaba a mirarlo a través del rencor–pero siempre presente. Aunque hubiera preferido ser su pana y hablarle todo y llevármelo por ahí a darnos una cerveza y arreglar el mundo mirando el mar desde el balcón, en esta vida no pudo ser. Y ya, así es. Hecho está.

Ese silencio denso se transformó por uno más liviano y, aunque a veces resuenan las palabras con las que me golpeó sin usar sus manos, reconozco que mi propia voz se impone. Lo mejor de todo ha sido abrir ese cajón de malos recuerdos y quedarme con lo bueno, con el agradecimiento de la lección aprendida. Sobre todo, con la compasión que ahora siento por ese ser que ya no está y que hizo lo mejor que pudo con lo que sabía y lo que entendía–muy probablemente con un miedo mucho más grande por mí que el que yo sentía por él. Porque yo era distinto y él no sabía cómo enfrentarlo.

Papi: ya soy grande y hace mucho que no fumo. Donde estés, siempre me abrazas, porque te siento. Ten por seguro que, en la próxima vuelta, nos amaremos como debe ser, nos sacaremos muchos selfis y te volveré loco de tanto joderte la vida, vacilándome tus malos humores y tus comentarios tan charros.

Te amo: no lo dudes. Lo demás, con todo y chanclas, se puede ir al mismo carajo.

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PASTA

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A las seis y cuarenta de la tarde, más o menos, un sonido fastidioso empieza a escucharse, en escalada, dentro del supermercado.

El aviso automatizado se manifiesta en los celulares de todos los ciudadanos que, huyendo del calor y las multitudes, entramos al supermercado en el último viaje, desafiando la posibilidad real de que el toque de queda me sorprenda acomodando bolsas, cajas, botellas y, ¡oh, gran tesoro!, un frasco de cuarenta onzas de Lysol.

En el terminal, mi futura cajera se transparenta antipática a través de la mascarilla y el escudo facial. Apoderada del hastío de tantas horas de pie en el saluda (como si le gustara), organiza (juntando carne con detergente), cobra (recita el número de la pantalla) y empaca (en eso, la veo muy bien aspectada), La Cajera Antipática imposta un fortissimo solo de boca:

VIENE VIENE LA CHICHARRAAAAAA. VÁMONO QUES TALDEEEE…

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Oculto tras la trinchera nasobucal que me protege de todo mal y peligro, la observo mientras comparte la experiencia de cobrarle al matrimonio Pastoso –llamémosles, por tradición bíblica, José y María. Uniformados con camisa negra y jeans despintados, llevan sendas mascarillas en sus rostros en los que adivino la poca urgencia que les acompaña. La correa del terminal se desborda con una compra exhorbitante que, presumo, se repartirá en una comarca de al menos doscientas personas.

José Pastoso abre una bolsa y echa tres cositas. Titubea. La abre de nuevo y echa dos cositas más. La cierra. La saca de nuevo y la revisa. Vuelve y la coloca en el carrito número uno –nótese que llevan dos carros repletos de todo lo imaginable. Por su parte, María Pastosa toca todo con su guantes negros: lo acaricia, lo reacomoda, lo quita, lo observa, lo desprecia y lo devuelve. Revisa su celular, abre su carterón Michael Kors, saca su monedero Gucci y extrae una tarjeta –parecería decidida, pero no. De entre los cien mil artículos que aún luchan por lograr el pase a la final en las manos de la cajera, extrae, con actitud ceremoniosa, una caja de rotini.

La contempla. La mira. Lee la etiqueta con detenimiento –pienso que quiere memorizar sus ingredientes. La voltea. La examina. Y, en un inesperado impulso, se aleja del terminal, caja en mano, con la velocidad de una tortuga coja. Mientras ella se aleja, convertida en la representante de Puerto Rico en el certamen Miss Parsimonia, José empaca y desempaca. La Cajera Antipática sigue en lo suyo, afanada, ocultando su boca fruncida.

Plap.

La primera burbujita anuncia el inevitable hervor de mi sangre ante el desespero absurdo de esta imbécil que se regodea como si estuviera en su casa. Admito que, desde que empezó esta vaina del relajamiento en las medidas de distanciamiento social–anunciadas por Esa Señora Que Dicen Que Nos Gobierna– ando con la guardia arriba. Y no es para menos: a mi alrededor observo a dos empleadas del supermercado que se han librado del yugo mascarilloso para chismorrear. Más cerquita, dos muchachos se hablan pegaditos –el uno con la nariz al descubierto, el otro con la mascarilla fruncida sobre el tabique y la boca expuesta– mientras se vacilan la vida en un cuento interminable. Detrás de mí, a menos de tres pies, un señor narra los pormenores del cumpleaños de Elisa allá en casa de Tito y Beba, ajá, sí, y van a traer los nenes–

Entonces, María regresa.

Flota por los aires como la diva que se halla deseable y deliciosa, llevando entre sus enguantadas manos una caja de pasta –por mi madre que es la mismita que se llevó a pasear en plan pasarela. Se escurre delante mío, a tres pulgadas de distancia. Invoco mi súperpoder y me cubro con el mantra más súperpoderoso que mi miente puede invocar en tales circunstancias: cabronapuñetaéchatepallácoñooooooo… Ella, por supuesto, no lo escucha. Otra burbujita de mi sangre hace un plap que se diluye en el suspiro furioso que delatan mis orejas humeantes. Miss María Pastosa se ubica junto a la correa del terminal y, justo cuando va a colocar la caja de rotini sobre la correa, Cajera Antipática violenta todos los códigos de distanciamiento social y, de puro encabronamiento, se la arranca de la mano para terminar la transacción.

Fuck. You. Bitch.

Siete menos cuarto. El guardia de seguridad me hace una seña firme.

-Caballero, múevase hasta el frente de la correa. No ponga nada hasta que yo le diga.

Ya me libro de esta imbécil y su marido que empacan y desempacan, viviendo en un ahora desesperante. María Pastosa paga –cómo dudarlo; ella es quien controla el asunto– y José se alista. Ella mete su monedero Gucci en su carterón Michael Kors y se van, con su sannnnnta passsstaaaa, para ese lugar maraviloso donde viven. Quizás ese exclusivo sector debería llamarse Mansiones de las Soberanas Ventas del Carajo.

-Buenas noches, caballero.

La voz de Cajera Antipática me sorprende: contrario al fuerte sonido de antes, ahora muestra un timbre dulce, amable. Respondo con una suavidad que desconozco–treinta segundos antes la rabia me carcomía los intestinos. Cajera Antipática me mira por dos segundos. PlapPlapPlapPlap–en medio del barullo y la prisa, escucho claramente el hervor de su sangre y lo reconozco. Son las seis y cuarenta y siete, y todavía el tipo de la fiesta está pegao del celular como si fuera su máquina de oxígeno. Y ella tiene mucha hambre, poco salario, dolor en la rodilla, demasiada exposición e incontables horas de majadería pasándole delante, ignorándola. O, peor aún, aplastándola. Con la rodilla en la garganta que ya se siente estrangulada ante la estrechez, la mala leche, la poca estima o, peor aún, la indiferencia.

Con la compra ya empacada –en plan sincronizado entre (Ni Tan) Antipática y Yours Truly– y debidamente desinfectado, me encierro en la seguridad falsa del automóvil y respiro profundo, libre de la trinchera enmascarada. Entonces, retumba en mi conciencia esa voz que siempre me brota de algún punto del abdomen.

Las furias pequeñas, causadas por la indiferencia de algunos, nos distraen de la gran indignación que nos iguala, en el piso, con la injusticia de la muerte de un hombre negro que, para colmo, es mi tocayo–

Se me salen cuatro lágrimas plapplapplapplap.

Tan pendejo yo, perdiendo mi energía en una tonta comemierda, su marido dominao, su compra inmensa y su parsimonia enferma. Mientras tanto, el mundo sigue indignado por quienes alardean de su blanco privilegio para tuitear su incongruencia, hacer lo que les venga en gana, incluso ponernos la rodilla en el cerebro y asfixiarnos la conciencia…

De corazón, doña María, espero que hoy la pasta le quede riquísima.

Y que, por favor, alguna vez se entere. Si es que le da la gana.

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NADA

(TURURIRU-PLIN. TURURIRU-PLIN–)

(Miro el celular y me persigno–el ya abandonado ritual de mis años católicos siempre regresa cuando se trata del gran Manolo. Para quienes no lo conocen, se los presento en diez palabras: es mi amigo desde que éramos pobres, brutos e indocumentados–dice él cuando me presenta a alguno de sus novios. Yo lo ignoro, aunque tiene razón).

-Aló.

-Ay madre. Aborrecío totalllll–

-Mi estado natural. ¿Qué pasó?

Nada.

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(En la jerga manoliana, nada significa todo. Manuel Antonio se lee todos los periódicos –ya está leyendo los obituarios; preocupante– y mira cuanta cosa hay en la televisión, incluyendo ese programa horrible de las Kardashians. Su lema de vida es simple: “nacimos para morir” –aunque es cierto, el tipo lo sube al nivel de alerta máxima para joderse el hígado por gusto. Admito que me gusta retarlo a ver si le agarra el golpe a la vida y su cambio constante…)

-Es que vi la serie esa del pepinillo que me dijiste y me dejó–

(Gloria a la patria libre y soberana: Cucumber (BBC, 2015) es una serie de ocho capítulos sobre la crisis existencial de un hombre gay que, de camino a los cincuenta años, se enfrenta a todos sus demonios a fuerza de malos ratos y extrañas obsesiones.)

-Sí, es intensa. Pero está muy bien escrita–

-Ay pero es que a ese hombre le pasa de todo y ya tú sabes que yo enseguida me pongo–

-Es una historia, neneeee. No es la verdad.

-Ay sí, pero es que… ¿Cómo es posible que, a esta edad, uno tenga que estar dando bandazos, como perro sin collar, con la brújula apuntando pa’l caraj–

-Entonces no te gustó la serie.

-Ay, es que me dejó mal, mal… Este encerramiento… Uno sin ver a nadie, sin conocer a nadie, sin… Ay Dios mío–

-Tenemos que acostumbrarnos a esto, flaquito.

-Mmjmm. Pero ese hombre de la serie se iba pa’l supermercado y allí veía a otros hombres beeeeellos y el pobre con ese revolú en la cabeza, teniendo un novio tan bueno–

-Manuel, avanza, que estoy escribiendo–

-Ay, es que los gays nos metemos en cada lío… Ya sabes: looking for love in all the wrong places

(Éste está looooco por romper el distanciamiento social.)

-Manuel: meterse en líos, como tú dices, lo hace tooooodo el mundo. Comemos de más, compramos por impulso, dormimos poco, el celular nos traga, desperdiciamos el agua y, pa colmo–

-Nos encaprichamos con lo que no vale la pena.

(Ésa te la compro, Manolete. Además, te ha pasao, mi santo.)

-(SUSPIRO.) A veces tenemos que aprender, a palo limpio, que la vida es y hay que bregar, adaptarse, buscarle la vuelta–

-Ay pues me voy a quedar jamona. Lo sé. Por más que la brujita me diga que lo mío viene y que tenga paciencia… Yo que pensaba que el 2020 por fin me traería un hombre bueno, que me quiera, que me deje cuidarlo y atenderlo–

(Y volveeeemos con la cantaleta. ¿Por qué la gente se empeña en negarse a sí misma y conformarse con el salario mínimo porque buscamos afuera lo que, probablemente, ya está dentro de nosotros?)

-Manuel Antonio, tú no eres sirvienta ni babysitter de nadie–

-Ay sí. Pero es que el hombre de la serie esa estaba bien, con su partner, y pudieron haberse casado y llegar a viejos… Yo creo que lo que él quería… Si el novio hubiera ido con él a hacer la compra, a lo mejor–

-Papi, tengo que terminar de escribir–

-Aborrecío. Como to’ el país. Encima de to–

-Bye.

(BLIP-UMP.)

(Sigo escribiendo y, al rato, BLIP. No quiero mirar el celular, pero la tentación es muy fuerte.)

WhatsApp. MANOLOOOOO. Online.

(No se piensa mover.)

Voy para el supermercado.

(No bien me dispongo a responder–porque ignorar a Manuel Antonio es apagarle el fósforo al diablo justo cuando va a prender las calderas…–BLIP.)

VERDAD Q YA C PUEDE IR A LA PLAYAAAAA? 😛

(Tiro el teléfono sobre el escritorio y respiro profundo. Y, de un no sé dónde muy acertado, brota sobre mi calma una línea maravillosa de Lezama Lima: “Los más dormidos son los que más se apresuran”.)

Q PASOOOOOO??????

Nada, cariño. Disfruta. 🙂

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ABRAZARTE

Los pies de mi madre.

Ay dioooo. ¿Cómo te lo explico otra vez?

Mamita de mi corazón: te amo con la vida que me diste. Pero no te puedo abrazar.

DRAE

Yo sé, Mami. A mí también me da pena, pero es que… La culpa es tuya: me acostumbraste a ese ritual de las bendiciones que me echas cada vez que salgo, aunque sea al supermercado. Entre los santos, los muertos y la compra, muchacha, milagro que la guagua arranque.

Mama. Óyeme. Mami. Ma.

Antonia: ¡es cú cha me!

Por lo menos estamos juntos, aquí, echando chistes y resoplando por la calol que nos tiene sancochaos. Podemos mirarnos, hacernos chistes, ponernos sobrenombres y ofrecernos ese amor gigante que nos junta y nos sostiene. Piensa que hoy habrá muchos que se pondrán en fila india para saludar de lejos a la viejita que, en su silla de ruedas, olorosísima a talco, lavanda y ropero, renunciará por fuerza mayor al apapacho, al besuqueo, al cariño desbordado. Y, en caso que le dejaran algún regalo amorosamente envuelto, habrá que pasarlo por el ritual criollo de desinfección, oraciones y velas antes que la pobrecita pueda tocarlo.

Mucho peor será para quienes han tenido que enterrar a sus mamitas sin siquiera despedirlas. Que las dejaron de ver con la promesa de un regreso que jamás ocurrió. Porque ese virus extraño se las llevó en claro, sin compasión alguna, con una fiebre de horror, una tos seca extraña, un desate de síntomas que terminaron por secarles los pulmones, dejándolos como esponjas viejas. En muchas casas alrededor del mundo, alguien encenderá una vela en honor de la Mater Fidelis, la doña de la casa, la jefa, la que reparte el bacalao… Y eso duele, Mama. Duele porque es injusto perder a gente que uno ama así, a la soltá, aguantando la lagrimita que, por más que lo intentas, se lanza dementa, en plan suicida, porque su dolor es insoportable.

Mira. Vamos a hacer algo: trepa las patas. Es en serio, Antonia.

Deja el relajo, mija. Dale, flojita y cooperando. Vamos. Dale, que tú puedes. Fiorella, salte–hoy no es el día de las gatas. ¡Daleeeeeeeee! Bendito sea Crijjjto, ¡qué tremenda tú eres, coño!

Okey, ya. Vamos. Estáte quieta, carajo.

Esas medias huelen a Suavitel, jajaja. No es el mejor abrazo, pero peor es na’.

Y si puedes tocarte la cara con los pies, es que te llevo a la televisión, no jodas.

[Suspiro profundo.]

Te amo, Mama. Gracias por todo lo que eres, por todo lo que me das y por todo lo que me jodiste, antes y ahora, pa hacerme un tipo más o menos decente. De lo mal hablao no puedes decirme un carajo porque, entre tu madre y tú, ganaron la carrera y se llevaron todas las medallas.

Ya. Dale. Hay que seguir. No, no, no te pongas a llorar. Vamos. Hay que pensar que sí, que esto no es pa siempre. Ya. Tú verás que, cuando esto se acabe, es que te voy a apapachar y a besuquear y a apretujar como no tienes idea. Créelo que pasará.

(¿Pasará?)

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VOLVER

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Hace casi dos años que no me enfrentaba al frío olímpico de la escritura para mí, para decir todo lo que quiero, una palabra a la vez.

Entre cambios y logros, creo que ya superé mis propias metas–las del presente de ese entonces. También, me adapté al embeleco indescifrable que, cada día, nos presenta este país tan folclóricamente descabronado… y sin aparente remedio.

He aprendido mucho. Hemos aprendido (para ser justo y realista): a son de huracanes, terremotos y pandemias, los puertorriqueños estamos más que graduados Summa Cum Fraude por tanto lidiar con la inacción, la pobreza, la dejadez, la incertidumbre y, sobre todo, ese estado impávido del morón que, aún sabiéndose tal, reitera su discurso como si, al hacerlo, se cancelaran todos sus horrores.

Para mirar todo este proceso con justicia –y con mucha diversión, porque esto no es pa’ sacar buena nota ni pa impresionar a nadie–, revisé las definiciones de la RAE sobre el verbo en cuestión. De las muchas disponibles, escogí la tercera acepción: me dirigo a otras cosas que aún no sé siquiera qué son, cómo llegarán y para qué servirán. Entendí que debía asegurarme que sí, que esto era lo que realmente quería y bueno, decidí tomarme un riesgo inusual.

Así fue que, a cinco días del encierro dictaminado por el gobierno, celebré mi cumpleaños en absoluta desnudez.

Frente a la puerta del balcón que da a la calle, lucí con absoluto desparpajo el vestido original con el que nací un Viernes de Dolores, hace 56 años. La cuarentena impuso celebración sin fiestorios cumpleañeros ni acercamiento social con la gente querida. Entonces, en vez de celebrarme, asumí el rol de Pater Salvatoris y Director del Departamento del Consuelo de los Afligidos. “Big mistake”, dijo Vivian Ward (Julia Roberts) en Pretty Woman. “Huge!” Es que me olvidé de mí, coño. Al percatarme, el nivel de encabronamiento asumió proporciones catastróficas y dije un “no” que, de seguro, desbarató varias de mis neuronas.

Así pues, sin más ropa que el sudorcito que se condensaba sobre mi piel desnuda, observé con calma la avenida desierta. Las luces del condominio de enfrente estaban todas apagadas. El silencio se saboreaba denso y empalagoso, como la leche condensada. Abri los brazos y me sentí. Me escuché. Me respiré. Y me abracé. Me agradecí y me felicité: “¡Coño, Jorgito, mira qué bien estás! ¡Disfrútalo!”.

Fue cosa de un minuto –tampoco es que se me trepó un espíritu exhibicionista. La inmensa libertad que disfruté en ese breve momento, mientras mi mente se apaciguaba, fue apoteósica. Indescriptible. Sin fanfarrias ni abalorios: yo, desnudo de piel y de todo artificio, estaba allí, presente. Solo. Conmigo.

Entonces fue que decidí volver. A contarme cuentos. A inventarme canciones. A celebrarme, a fotografiarme, a servirme un plato y saboreármelo sin remordimientos. Y, sobre todo, a enamorarme del ser que habito en esta experiencia humana: además de ser la persona con quien me acuesto y me levanto, tengo que hacer las paces con él. La razón es muy sencilla: por lo que me queda de viaje, este Yo Mismo será mi compañero de lucha mientras me encamino a algo. Que aún no sé lo que es, pero ahora no importa mucho.

Pues nada, que ya está más que claro. Divina divinísima, vuelvo como la Dafne Morrison: igual de dementa. Eso sí: no pienso irme de rumbera cubana. Ni pa’l carajo.

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